El Centro de Investigación del Mar de Cortés nace del entendimiento de que el ser humano no controla la naturaleza, sino que es parte de ella y, como tal, debe encontrar la manera de volver a relacionarse de forma simbiótica con su entorno. El proyecto, concebido como una ruina —pasada o futura— invadida por la naturaleza, que ha dejado a su paso una ventana hacia un mundo oculto, funciona como centro educativo y de investigación para uno de los ecosistemas más ricos y diversos del mundo: el mar de Cortés.
El proyecto inició su fase de planeación en 2018 y fue inaugurado en 2023, impulsado por Ernesto Coppel-Kelly con apoyo de los Gobiernos de Sinaloa y México. El diseño estuvo a cargo de Tatiana Bilbao ESTUDIO, con Space Haus y Ocean Wise en exhibiciones, SENER en ingenierías, Lightchitects en iluminación y Kingu Mexicana como contratista general. Forma parte del programa de regeneración del Parque Central de Mazatlán, con una inversión aproximada de 1 800 millones de pesos mexicanos. Su visión es consolidarse como espacio de educación ambiental, conservación de la biodiversidad marina y divulgación científica, para lo cual ofrece programas didácticos, exposiciones, laboratorios, auditorios, plazas públicas y un programa de conservación y rehabilitación de especies marinas.
A partir de su arquitectura, el edificio busca fusionar la naturaleza marina y terrestre con una intervención alejada de cualquier tipología preestablecida. La solución, de 17 300 m², se plantea como estructura ortogonal de muros de concreto pigmentado que, en tres niveles, resuelven de manera integrada programa, estructura, envolvente, instalaciones y conexión con el espacio público, al mismo tiempo que se extiende de forma irregular hacia el exterior para integrarse con el paisaje. Su implementación priorizó sostenibilidad, eficiencia energética y diseño bioclimático, así como el bienestar animal y la conservación ecológica como principios estructurales, no como añadidos programáticos.
A través de tanques marinos de gran tamaño, los visitantes observan e interactúan con la fauna endémica. El recorrido del espacio público exterior, desde la conexión peatonal con la ciudad hasta la parte superior del edificio, sumerge al visitante en el mundo natural.
El Centro se concibe como extensión del paisaje costero. Se busca que la arquitectura sirva como mediadora entre la ciudad y los sistemas vivos que la sostienen, por eso se concibió en función de las necesidades biológicas, conductuales y ambientales de las especies que alberga —reconocidas como portadoras de valor intrínseco, más allá de su utilidad para las personas—. Así, los hábitats configurados reproducen dinámicas naturales de luz, temperatura, profundidad y refugio, antes que escenografías para la contemplación humana. En lugar de reforzar la lógica extractiva —según la cual el mar es recurso y espectáculo—, se propone una lógica de interdependencia, pues se parte de que la ciudad existe gracias a esos ecosistemas. En este orden de ideas, la arquitectura deja de ser gesto de dominio y se convierte en herramienta para reconfigurar imaginarios orientados hacia formas más responsables de habitar.
El entorno multiespecie que alojan los tanques se extiende a la relación del edificio con su clima, su vegetación y sus espacios abiertos al promover microhábitats que diluyen la frontera entre lo construido y lo vivo. El Centro no solo alberga biodiversidad, sino que a la par ensaya una pedagogía espacial de la coexistencia que propone cambiar el punto de vista de observado y observador con el fin de que la naturaleza retome su lugar en nuestro “mundo humano”.