La Memoria del Río es un proyecto ubicado en la intersección entre el arte público y la arquitectura efímera, concebido como una infraestructura cultural transitoria capaz de reactivar espacios urbanos en la ciudad de Bogotá. Así, se apuesta por una intervención temporal —en lugar de permanente— como estrategia para descentralizar los usos culturales y permitir que distintos barrios de la ciudad puedan acoger sus actividades. La iniciativa surge desde la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte (SCRD) con el secretario Santiago Trujillo y el director de Arte, Cultura y Patrimonio Diego Parra. Igualmente, se estructuró gracias a un equipo de la Subdirección de Infraestructura y Patrimonio Cultural de la Secretaría encabezado por Edgar Figueroa y compuesto por Edgar Bernal, Emmanuel Guerra, Juliana Mendoza, Diego Rodríguez y Juan Sebastiáon Robayo.
El proyecto toma como referencia conceptual los sistemas hídricos de la ciudad, en particular los ríos, infraestructuras naturales históricamente relegadas durante el crecimiento urbano. Estos sistemas, caracterizados por su condición cambiante y su capacidad de adaptación al territorio, sirvieron como base para el diseño de una arquitectura modular y flexible, capaz de acoplarse a diversos contextos espaciales sin imponer una forma fija o permanente sobre el paisaje urbano.
A partir de esta lógica, La Memoria del Río contribuye a desplazar las concepciones antropocentristas tradicionales de la arquitectura, que la reducen a la producción de hitos permanentes que buscan conquistar y transformar el territorio de manera irreversible. En contraste, el proyecto se plantea como un experimento que cuestiona que la inversión de recursos públicos financie exclusivamente infraestructuras estáticas y propone que, en su lugar, se dé financiamiento a estructuras móviles de temporalidad media a gran escala. Estas infraestructuras no se imponen sobre su lugar de implantación, sino que se adaptan a él, lo cual permite la descentralización de los usos culturales y deja como único rastro de intervención la memoria colectiva. A partir de estos lineamientos, el equipo técnico conformado por El Líder S.A.S., Ingeacero y Alsar-Atelier desarrolló un módulo de seis metros de largo, ocho metros de ancho y cinco metros de altura, con expansividad unidireccional definida por un alzado abovedado. El sistema constructivo, basado exclusivamente en uniones en seco, permite que los módulos funcionen como piezas ensamblables y desmontables que pueden implantarse en calles, plazas o parques sin alterar de forma permanente sus condiciones preexistentes.
Esta lógica de no interponerse, sino de acomodarse al paisaje urbano y natural introduce una conciencia multiespecie en el diseño del proyecto. La infraestructura evita modificar o eliminar elementos que puedan constituir hábitats para especies no humanas. Un ejemplo concreto de esta aproximación se evidencia en la implantación del proyecto en el Parque Bicentenario, donde los módulos se construyeron alrededor de elementos verticales preexistentes, árboles de yarumo en específico, lo que permitió su ensamblaje y posterior desmontaje sin afectar estos organismos vivos.
Adicionalmente, La Memoria del Río contribuye a la construcción de entornos urbanos multiespecie mediante una ambigüedad espacial entre lo público y lo privado. Al tratarse de una cubierta diseñada para albergar múltiples actividades culturales, el límite entre interior y exterior no se define mediante muros o puertas, sino a través de la proyección de la propia cubierta. Esta condición posibilita que personas con animales de compañía puedan participar de los usos culturales, a diferencia de muchas infraestructuras culturales tradicionales que establecen fronteras rígidas y restringen el acceso a especies no humanas.
Más que una infraestructura temporal, La Memoria del Río se plantea como una arquitectura reversible y sensible, que acompaña los ritmos de la ciudad y propone una relación menos extractiva, más adaptable y multiespecie entre cultura, arquitectura y territorio urbano.